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Un papel que todos aceptamos: la lógica detrás del dinero

Alberto Ramírez de Aguilar
6 hours ago
10 min read


Todos los días usamos dinero: efectivo, tarjeta, transferencia, la app del banco que nos cobra por existir. Con él compramos tacos, pagamos la renta, pedimos prestado, invertimos. Es tan cotidiano que casi nunca nos preguntamos algo básico: ¿por qué existe?


Y ya que estamos en eso, caben otras preguntas que parecen menores pero que no lo son tanto. ¿Qué pasaría si no existiera? ¿Por qué en México usamos pesos y no cualquier otra cosa? ¿Por qué un billete, que es literalmente un papel (o un plástico muy elegante), vale algo? ¿Y por qué, cuando alguien dice que “hay más o menos dinero en la economía”, parece que eso me afecta a mí?


Para contestarlas, conviene partir de lo más básico: qué es el dinero. Se define por lo que hace, no por cómo luce: es cualquier cosa que la gente acepta de manera general como pago por bienes y servicios y para saldar deudas. Por eso tradicionalmente se le atribuyen tres funciones: sirve como medio de intercambio (lo que usas para pagar), como unidad de cuenta (lo que usas para decir cuánto vale algo: “este taco cuesta 25 pesos”) y como depósito de valor (lo que te permite guardar poder de compra para mañana).


Nota que nada de esto exige que el dinero sea oro, ni papel, ni que lo haya impreso alguien en particular. De las tres funciones, la primera es la que le da sentido a todo lo demás. Para entenderla, imaginemos un mundo sin dinero.


En un mundo sin dinero tienes básicamente dos opciones: o consumes solamente lo que tú mismo produces (o consigues por algún otro medio, como robar), o intercambias con otras personas. La primera es poco atractiva: tendrías que ser a la vez agricultor, panadero, médico y técnico de internet. Por eso la gente se especializa y luego intercambia.


Pero intercambiar sin dinero (lo que se llama trueque) tiene un problema serio, conocido desde el siglo XIX como el problema de la doble coincidencia de deseos. Supón que tengo 3 manzanas y quiero 5 plátanos. Para lograrlo necesito que pasen dos cosas a la vez: encontrar a alguien que tenga plátanos y que, además, quiera mis manzanas. Cada una por separado ya es difícil; las dos al mismo tiempo es casi imposible. Si el vendedor de plátanos no quiere manzanas, me quedo con mis manzanas y con mi antojo.


El dinero resuelve esto de manera elegante. Ahora solo necesito encontrar a alguien que quiera mis manzanas y me pague su equivalente en pesos. Después, con esos pesos, busco a otra persona (completamente distinta) que me venda los plátanos. Ya no necesito que coincidan los deseos de nadie: solo que todos acepten pesos.


Hay otra manera de resolver el problema de la doble coincidencia, y es útil pensar en ella porque revela algo profundo sobre el dinero. Imagina que existe una autoridad central ante la cual se registra cada transacción. Si Pedro le compra 5 cocos a María, el registro anota: “Pedro le debe a María 5 cocos”. Si luego Juan le compra a Pedro 14 sandías, anota: “Juan le debe a Pedro 14 sandías”. Para saldar cuentas, Juan eventualmente tendría que devolverle esas 14 sandías a Pedro, o conseguir a alguien dispuesto a saldar la deuda a cambio de otro bien.


En teoría funciona. En la práctica, llevar ese registro para un país entero, con miles de transacciones sucediendo cada segundo, sería una pesadilla. Y aquí entra una idea que a mí me parece interesante: el dinero es, en el fondo, un sustituto de ese registro. Esta idea se resume en la siguiente frase: “el dinero es memoria”.


Cuando Pedro le paga $100 a María por sus cocos, en realidad le está diciendo: “yo le hice un favor a alguien (a ti), y aquí está la prueba”. Cuando María gasta ese billete en otro lado, implícitamente le dice a su contraparte: “yo di bienes y servicios a alguien que ya los pagó, y ahora tengo derecho a que me devuelvan ese favor”. El billete es un recibo que circula: la memoria de la economía, repartida en nuestras carteras.


Fíjate en que ambos usos del dinero (como medio de intercambio y como sustituto del registro) exigen lo mismo: que todos estemos de acuerdo en que un papel que dice $100 efectivamente vale eso. Pero además necesitamos creer que en el futuro, cuando María quiera cambiar su billete por algo, la otra persona se lo va a aceptar.


Esto vuelve al dinero algo curiosamente frágil. Si un día se pierde la confianza en que será aceptado, pierde su valor de inmediato. No porque el papel cambie, sino porque dejó de cumplir la única función que lo hacía valioso.


Un ejemplo de esta fragilidad aparece en Titanic (1997). Cuando queda claro que el barco se hunde y que no hay botes para todos, Cal, el millonario que hasta ese momento había resuelto todos los problemas de su vida con dinero, intenta sobornar a un oficial del barco con una suma enorme a cambio de un lugar en un bote. Y el oficial lo rechaza.


¿Por qué rechazar una oferta que, en circunstancias normales, habría sido muy tentadora? Pensado en términos económicos, la respuesta es sencilla: porque esos billetes, que dicen valer muchísimo, en esa situación valen cero. El oficial sabe que el barco se va al fondo del mar y que no habrá un “mañana” en el cual gastar ese dinero. Sin futuro en el cual ser aceptado, el billete es solo papel mojado (literalmente).


Claro, es una película, y la escena tiene más capas (dignidad, clase social, un villano muy bien logrado). Pero ilustra bien el punto: el dinero vale hoy porque creemos que valdrá mañana (y en el futuro).


Esto nos lleva a una idea clave: lo que sostiene al dinero es la credibilidad que le tenemos como sociedad y que cada uno de nosotros le tiene individualmente. Y ojo, esto no es lo mismo que confiar en el gobierno. El Titanic lo muestra: ahí ninguna autoridad cambió nada, y aun así el dinero perdió su valor por una razón que no tiene que ver con lo que haga o deje de hacer un gobierno.


Hay más evidencia. En los campos de prisioneros de guerra de la Segunda Guerra Mundial, sin ninguna autoridad monetaria de por medio, los prisioneros terminaron usando cigarros como dinero: en cigarros se medían los precios, con cigarros se pagaba y en cigarros se ahorraba. El dinero puede nacer sin un gobierno detrás; lo que necesita es que todos aceptemos usarlo.


Que el dinero no dependa directamente del gobierno no significa que el gobierno no se beneficie de que exista. De hecho, se beneficia bastante.


El gobierno necesita recursos para financiar políticas públicas y, en teoría, necesita que las personas trabajen en actividades productivas. El dinero ayuda con ambas cosas. Si el gobierno declara que los impuestos se pagan en la moneda local (digamos, en pesos), de pronto todos necesitamos pesos. Y la manera de conseguirlos es produciendo algo que alguien más quiera comprar: es decir, trabajando.


Un ejemplo que creo ilustra mucho: supón que tienes tres hijos y quieres que limpien la casa, que es una actividad productiva. Si les pides por favor que lo hagan, probablemente no pase gran cosa. Pero si les dices: “cada vez que limpien les doy un papelito que dice Disneyland, y cuando junten 5 los llevo a Disneyland”, de pronto tus hijos están dispuestos a trapear con entusiasmo. Los papelitos se volvieron deseables y, a cambio, la casa queda limpia.


Pero fíjate en dos cosas. Primera: para que funcione, tus hijos tienen que creer que cuando junten sus 5 papelitos de verdad los vas a llevar al parque. Si no cumples, tus papelitos pierden todo su valor (y tu, probablemente, tu autoridad). Segunda: esto no te sale gratis. Que limpien la casa te está costando un viaje a Disney.


Con el gobierno pasa algo similar. Estamos obligados a pagar impuestos en pesos, y eso nos empuja a conseguir pesos y, por lo tanto, a trabajar por ellos. Pero no pagamos impuestos por ser buenas personas: lo hacemos a cambio de algo (que se implementen políticas públicas o, por lo menos, la promesa de que si no pagas terminarás en la cárcel). Y como en tu promesa de Disney, es importante que el gobierno cumpla su parte: que efectivamente lleve a cabo lo prometido y que rinda cuentas. Si no, la credibilidad de sus promesas se cuestiona, y eso termina afectando, de manera indirecta, el valor del dinero.


Todo lo anterior también nos ayuda a contestar otra pregunta: ¿por qué, normalmente, cada país usa básicamente una moneda? En México todos queremos pesos. En teoría puedes pagar con otros medios, pero en la práctica es muy difícil.


La razón vuelve a ser la credibilidad. Si todos los demás aceptan pesos, a ti te conviene tener pesos: es lo que te permite conseguir los bienes y servicios que tú no podrías producir. Y mientras más gente los acepta, menos incentivos tienes para querer usar otra cosa. Es un círculo virtuoso: la moneda es útil porque todos la usan, y todos la usan porque es útil. A esto se le conoce como efectos de red, igual que WhatsApp: lo usas porque todos tus contactos lo usan, no porque sea objetivamente lo mejor del mundo.


En parte por eso Bitcoin no ha despegado como medio de pago cotidiano tanto como muchos esperaban. Es difícil llegar a la tiendita de la esquina, pedir unos refrescos y pagar con Bitcoin: no necesariamente porque sea mala idea técnicamente, sino porque no tiene (todavía) esa masa crítica de aceptación que hace que un dinero funcione como tal.


Nos queda una última pregunta: por qué importa que haya más o menos dinero en la economía. Si el dinero es una especie de recibo que nos dice que alguien, en algún lado, nos debe un favor, entonces la cantidad de recibos importa. Y mucho.


Regresemos con tus hijos y los papelitos de Disneyland. Digamos que acordaste que cada papelito vale una parte del viaje: con 5 papelitos, van al parque. Funciona de maravilla mientras tú controlas cuántos papelitos circulan. Pero imagina que un día, para terminar más rápido, empiezas a repartir papelitos como si fueran dulces: 20 por lavar un plato, 50 por tender una cama. Tus hijos juntan 5 papelitos en diez minutos y exigen su viaje. Y luego otros 5, y otros 5. Tú sigues teniendo un solo viaje a Disney para dar, así que tarde o temprano tendrás que cambiar las reglas: ahora hacen falta 100 papelitos, o 500. Los papelitos no cambiaron, pero cada uno vale mucho menos que antes.


Eso, en esencia, es la inflación: cuando hay más dinero circulando persiguiendo la misma cantidad de bienes y servicios, cada peso compra menos. Los precios suben, y lo que antes comprabas con 100 pesos ahora cuesta 110. Visto desde el otro lado, es una pérdida de valor del dinero: tus pesos son los mismos, pero valen menos.


Una aclaración importante, porque la realidad es más matizada que el ejemplo de los papelitos. Que haya más dinero no significa automáticamente que haya inflación: si la economía produce más bienes y servicios, o si la gente quiere guardar más dinero, la economía puede absorber un poco más de dinero sin que los precios se disparen. El problema aparece cuando el dinero crece mucho más rápido de lo que crece lo que se puede comprar con él.


Aquí vuelve a aparecer el gobierno. Vimos que necesita recursos y que los consigue con impuestos. Pero hay otra forma de conseguirlos, mucho más discreta: crear dinero. Si el gobierno necesita pagar una obra o una nómina y, en lugar de cobrar impuestos o pedir prestado, simplemente emite dinero nuevo (directamente o a través de su banco central), consigue los recursos sin tocarle la cartera a nadie de manera visible.


¿Dónde está el truco? Que ese dinero nuevo no cae del cielo: alguien paga la cuenta. Como hay más pesos persiguiendo los mismos bienes, los precios suben, y los pesos que ya tenías en tu cartera, en tu cuenta de ahorro o debajo del colchón compran menos que antes. Tú no recibiste ninguna factura ni votaste ninguna ley, pero tu dinero perdió valor, y ese valor se transfirió, por la vía de los hechos, a quien recibió el dinero nuevo primero. Por eso se le conoce como impuesto inflacionario: es un impuesto que pagas, sin enterarte, por el simple hecho de tener dinero.


Y ojo, que quienes más lo sufren no son quienes tienen inversiones en dólares o propiedades, sino quienes guardan sus ahorros en efectivo o en cuentas que no ajustan con los precios, y quienes viven de un ingreso que sube más lento que los precios: los asalariados, las personas jubiladas. Eso lo vuelve, además, un impuesto bastante regresivo.

Esto no es una historia de terror teórica. México lo vivió: en 1987, la inflación anual superó el 100%, y miles de familias vieron cómo los ahorros de toda una vida se evaporaban. En casos más extremos (la Alemania de 1923, Zimbabue en 2008, Venezuela en la década pasada) la inflación llegó a niveles de hiperinflación: los precios cambiaban de un día para otro, la gente cobraba su sueldo y salía corriendo a gastarlo antes de que valiera menos, y en muchos casos terminaba abandonando la moneda local por otra. Y aquí cerramos el círculo con todo lo que vimos antes: la hiperinflación es, en el fondo, el Titanic en cámara lenta. Cuando la gente deja de creer que el dinero valdrá algo mañana, deja de aceptarlo hoy.


Si tuviera que resumir todo en un par de ideas: el dinero existe porque resuelve problemas muy concretos. Nos evita tener que buscar a alguien que quiera justo lo que ofrecemos y tenga justo lo que queremos, y hace las veces de una enorme memoria colectiva de quién ha dado qué a quién.


Pero ese truco funciona solo mientras creamos que va a seguir funcionando. El dinero no vale por el papel, ni por el metal, ni siquiera por el gobierno que lo emite: vale por la confianza compartida de que mañana otra persona lo va a aceptar. Es una de las coordinaciones sociales más sofisticadas que hemos inventado, y la usamos todos los días sin pensarlo. Que algo tan frágil sostenga a una economía entera me sigue pareciendo, sinceramente, una de las cosas más fascinantes de la disciplina.


Y de ahí sale la lección práctica: como el dinero vale por la confianza y por su escasez relativa, cuidar ambas cosas (que se cumplan las promesas y que no se imprima de más) es lo que mantiene a una economía funcionando.


Referencias

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